De lagartija a Godzilla

Mientras escribo estas líneas siento un dolor en el culo terrible y todas mis pertenencias están mojadas y manchadas por el lodo. Consecuencia de pasar del estado de una pequeña e inofensiva lagartija a un gran y fiero Godzilla.

En estos momentos me acuerdo de mi amiga Cristina y nuestras fiebres impulsivas. Yo ya lo estaba dejando, no siempre es tan maravilloso como en las pelis. El prota corre con todas sus ganas porque la prota va a coger un vuelo a otro continente y no le ha dicho todo lo que la quiere. Y a pesar del tráfico en hora punta, de conducir con un 4 latas y de recibir la llamada de su mejor amigo aconsejándole que lo dé todo en la autopista… Finalmente llega justo antes de que el pie derecho de la prota entre por la puerta de embarque y… En fin, ¿para qué os voy a contar otra de esas comedias románticas americanas si todas son iguales?

Tener un ataque de impulsividad en Málaga no es tan glamouroso. ¿No os pasa a veces que marcando el paso al ritmo de la música que suena en vuestros cascos veis cómo la vida va pasando de manera idílica? Y en ese momento, ¿no os han pasado infortunios como chocaros contra una farola, pisar la mierda de un can o resbalaros en una baldosa? A mí sí, antes todas las semanas. Ahora, como lo estoy dejando, solo de vez en cuando. Y si la impulsividad llama a tu puerta, ¡no hay nada que la detenga! Sale a borbotones y con fuerza, dejándote a la altura del betún. Así que reza para que cuando te pase no haya casi gente delante. No como me ha pasado a mí.

19.30 de la tarde. Maleta de color azul de 1’50 de alto, vamos, casi lo que mido yo. Medias rojas chillón. Coleta en lo alto de la cabeza a lo cocoliso, hijo de Olivia y Popeye, para los que no habéis tenido infancia. En resumen, señora ex-rastas con modelazo  poco discreto, histérica por no perder su autobús. La primavera está haciendo efectos terribles en mí últimamente y estoy muy alterada.

¿Y qué he hecho yo esta tarde? He querido parar un autobús que ya estaba en marcha. Al correr detrás del susodicho, con la calzada mojada por la lluvia, me he caído al suelo, dentro de un charco grandecito y lleno de lodo y, por no perderlo, aun humillada dentro del charco, con las piernas de medias rojas en alto, intentando incorporarme cual tortuga o cual zombie mamarracho tras su presa, me he levantado con mucho esfuerzo y he abandonando mi bolso en el lodo. La gente ha intentado ayudarme, pero yo con mi tono de “dejadme, que yo puedo” y con mucho coraje, no siendo consciente aun de la pérdida de mi dignidad, me he levantado y he conseguido correr y parar el autobús. El chófer se ha bajado y, ¿sabéis qué? No era mi autobús, ¡no era! ¡no era mi autobús! Aun así, un Godzilla sigue en sus trece y le he soltado al tío, quedándome tan pancha, “no me has esperado y me he caído por tu culpa”. El señor me ha explicado que ese no era mi autobús de nuevo, con una cara muy descompuesta que me ha recordado a cuando mi padre me ha pillado alguna vez llegando a casa de borrachera. No podía articular palabra. ¿Quién es esta loca, por dios? “Te podías haber hecho daño y ¿ahora qué hago yo?” Mi único amigo de la multitud de unas 30 personas que esperaban el autobús verdadero no me ha podido ayudar porque no podía dejar de reírse. ¿Y qué hace Godzilla ante una situación así? ¿Se amedrenta y se hace lagartija de nuevo? No, no, no… Apechuga y se va Godzilla, con el rabo un poco entre las patas, eso sí. ¡Ayyyyyyy!