No necesito apuntador, me dejo llevar

Hay momentos en los que miras atrás y un torrente de sensaciones buenas, agradables, positivas se adueña de ti. En mi caso es porque me siento extremadamente bien rodeada. De familia, de amigos o de personajillos que han pasado por mi vida, aunque solo fuera por una temporada corta, para compartir conmigo, para enseñarme, darme placer, divertirme, quererme, cuidarme o simplemente para darme plantón o hacerme daño. Y todas esas personas me hicieron y hacen que me autoconfigure una y otra vez y con cada paso sea más yo.

A veces miras atrás adrede porque tienes un mal día y quieres recapacitar contigo misma, darte una tregua, responderte a tantas dudas… Y no siempre deberías encontrar un consuelo, pero es que yo no puedo dejar de decir la suerte que tengo encontrándome siempre a gente a la que quiero, respeto y admiro profundamente. Y sí… ya no soy una cría y estoy en el paro, perdida, como muchos de mi generación. Te levantas cada día negándote la posibilidad de hundirte y decides reinventarte en una ciudad donde el salitre y el sol de tu gente no está. Hay otras cosas buenas, pero eso en concreto no está.

Quiero huir de nostalgias… ¡Demasiado tarde! me apunta alguien desde el fondo de la sala… Obviamente, esto es una lectura dramatizada y estoy en un teatro. Levanto la mirada y pongo la mano sobre mi frente para tapar la luz del foco y ver mejor la cara del susodicho. Quizá una sea una drama queen sin remedio, no te lo voy a negar, pero nostalgias las mínimas, te lo aviso. Y es que no necesito apuntador que me dicte qué tengo que hacer con mi vida, me dejo llevar, improviso y soy de las que preguntan constantemente a sus amigos.

En realidad, señor entrometido del fondo de la sala, quería contar una cosa distinta y voy a acabar contándote alguna que otra más, ¡por bocazas! La primera es que, hay gente a la que te encuentras literalmente detrás de una esquina. Un día vas andando por calle Caldererías, vas a torcer para la plaza de la Constitución y ¡Zrasca! Ahí están ellos, con tiendas de campaña, toldos y toda una infraestructura como para devolver valores a todo un planeta. Desde entonces, ya no hay tiendas, pero miro a mi alrededor y ahí siguen estando ellos, nueve meses después.

Así que, esta almeriense-malagueña enamorada del mar y exiliada de su sur natural para hacerse una mujer de provecho, como decían en mi pueblo… se despide con un mensaje encarecido a todos los que piensen que nada merece la pena. Pequeñas cosas, diminutas, esas que parece que van a estar ahí toda la vida… ¡Saboréalas, tatúalas a tu paladar, vívelas! No olvides de dónde vienes y no tengas miedo de hacia dónde vas.

Será una noche de estas de nostalgia en las que me encantaría estar tomando una cerveza en una terraza de Pedregalejo frente al mar… No me hagas caso, pero no lo dudes, sigue pensando en las musarañas😉